Este fenómeno plantea un problema importante: el uso del rostro de personas reales sin su consentimiento. Una imagen generada por IA puede mostrar a alguien desempeñando un trabajo que no tiene, participando en actividades que nunca ha realizado o apareciendo en contextos que podrían afectar a su reputación, su vida profesional o su privacidad.
En muchos casos, estas imágenes terminan circulando por páginas web, bancos de imágenes o publicaciones digitales, lo que multiplica su difusión. Una vez que la imagen se ha publicado, puede copiarse o reutilizarse en otros sitios, lo que dificulta controlar dónde aparece o eliminarla completamente.
Aunque la legislación reconoce el derecho a la propia imagen y protege a las personas frente al uso no autorizado de su identidad, la expansión de estas tecnologías plantea nuevos desafíos legales y éticos. Detectar cuándo una imagen ha sido generada artificialmente y demostrar que se ha utilizado un rostro real sin permiso no siempre es sencillo.
Por ello, especialistas en derechos digitales advierten de la necesidad de reforzar las normas y los mecanismos de control sobre el uso de la inteligencia artificial incluso de aplicar más seguridad y privacidad en las redes públicas.
A medida que estas herramientas se vuelven más accesibles, también aumenta la preocupación sobre cómo proteger la identidad y la privacidad de las personas en el entorno digital.

